La "Salpassa", seguramente del latín salis sparsio, aspersión de sal, es una fiesta tradicional de los pueblos de la Comunidad Valenciana, especialmente en Gandía, aunque en muchos de ellos se ha perdido, como en nuestra Ciudad.
En la cultura laica, la sal siempre ha sido un elemento de solidaridad y hospitalidad. A quien llegaba a la casa se le ofrecía el pan y la sal, en confirmación de la amistad. De ahí que la actitud contraria a ello es lo manifestado por el dicho popular cuando habla de «Negar-li el pa i la sal», a alguien.
Cristianizado el acontecimiento, para la Iglesia, confiar, dejar, entregar la sal a alguien, además es recordarle lo que dice el Evangelio de Marco, 9,50, «Tened la sal en vosotros y tened paz unos con otros».
SAL PASSA. Es la bendición de las casas, que se hacía en Gandía, el miércoles Santo, después de la misa, según el rito aprobado para fuera del tiempo pascual. El Señor iba a visitar todas las casas ya que al dÍa siguiente Jueves Santo tenía que morir. Volteaban las campanas de la Colegiata.
En aquellos barrios de Gandía con no muchas casas, el sacerdote ha aprovechado siempre para interesarse por los moradores de las casas e invitarles a los oficios de Semana Santa.
El miércoles Santo las casas donde visitaba La Sal Passa, generalmente ya tenían las aceras limpias y las fachadas blancas pintadas de cal, como era costumbre por allá los años 50-60. Ante el color blanco de las fachadas, la limpieza de las calles y aceras y los maceteros con flores colgando de los balcones, ese día deslumbraba a los visitantes que acudían a recibir al párroco del barrio revestido con ornamentos litúrgicos y acompañado por el Sacristán y dos monaguillos con el cubo de agua bendita y el hisapo.
Los niños de la parroquia acompañaban anunciando la llegada del mismo, en especial los monaguillos o acólitos, para los cuales se convertía en una verdadera fiesta, pues, tocaban campanas y cantaban cánticos tradicionales para que todo el barrio conociese la llegada del presente: “Ja ve la Sal pasa, ja ve el vicari tancat en l’armari jugant al cinquets i resant el rosari. El rosari s’ha perdut en la Font de la salut, s’perdut o no s’ha perdut dins del forat s’ha amagat”.
Los niños que la noche anterior se habían preparado las mazas de madera de carrasca, guardadas del año anterior, iban de casa en casa golpeando con todas las fuerzas puertas, paredes y rejas, para avisar a los vecinos que venía el Cura para bendecir y despedir al Señor en todas las casas familiares.
Esa tropa de niños antaño iba delante del clero con mazas de madera para aporrear las puertas cerradas y entonaban cancioncillas populares «ad hoc»: Maces, maces al sereno/ que s´acaba la Passió/,… Ous ací, ous allà/ a pegar-li al sagristà/… Ous a la pallisa,/ ous al ponedor/,… Que´s aixó que passa/ el nostre Senyor/…,
El sacerdote recorría las calles del barrio, bendiciendo una a una las casas y sus moradores, precedido por “dos escolanets i el Sacristá» que hacían sonar una «campaneta» avisando de la presencia de la comitiva que llevaba el acetre y aspersorio, con el cubo de agua y la sal bendita y el hisopo, para dejar una cucharada en cada casa y cestas para recoger los huevos con que la piedad agradece la bendición, amén de una bolsita para si se presenta alguna limosna en metálico.
Las puertas de las casas estaban abiertas de par en par, sus habitantes junto a una mesa con mantel, con un plato de sal, un recipiente lleno de agua junto a una cesta con huevos y una imagen religiosa.
El sacerdote rezaba una oración, tomaba de su sal bendecida y la mezclaba con la sal de la familia y junto a la familia de la casa bebía del agua mezclada con la sal que les ofrecía la mujer mayor de la casa. En agradecimiento, los bendecidos le ofrecían huevos, que recogían sacristán y acólitos.
Lo tradicional parece haber sido el rezar la oración una sola vez en plural en la puerta de la iglesia y pasar luego asperjando las casas (rociando con sal, antiguamente). Por el tiempo pasó, según la mente del Ritual a rezar la oración en cada casa, diciendo en valenciano "La pau del Senyor a esta casa, i a tots els aci presents" . Luego se rocíaba, y el sacristàn o acólito recibía sal sin bendecir,
Después bendecía el agua y la sal que la familia tenía ya apunto en una mesa dispuesta, con el ofrecimiento del "Lignum Crucis" u otra cruz y les deseaba "Bona Pasqua", Feliz Pascua de Resurrección. El agua bendecida era guardada para beberla o rociar puertas, paredes, habitaciones y todos los rincones de la casa. Para el caso que hubiese un enfermo o moribundo, rociarlo con ella.
Acabada la Sal Passa se daba una gratificación de 10 céntimos a cada uno de los niños, que formaron en el bullicioso cortejo. Al sacristàn se le obsequia con una docena de huevos. También se obsequia a los acólitos.
Corriendo y saltando de alegría los monaguillos con las cestas con los huevos o limosnas que les habían obsequiado los vecinos y llevando consigo un ruido ensordecedor por las calles del barrio, cantaban : “Ous, ous a la canasta ous al ponedor, bones coques fines per al Señor Rector”.
Una costumbre desparecida en Gandía, no obstante está presente en comarcas de las tres provincias valencianas, teniendo gran tradición en los pueblos de la Marina Alta, en especial en los Valles de Pego, teniendo en Pego, su capital, el mayor esplendor.
Extraído de la página de Facebook "Recordando Gandia con Paco Martí"